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[Editorial nº107]
ABOGACÍA DE TRINCHERA
La Abogacía resiste sin ayudas gubernamentales y con un IVA al 21%.

  • 11/02/2021

La Abogacía resiste sin ayudas gubernamentales y con un IVA al 21%. Si la educación, la sanidad y las actividades de carácter social están exentas de IVA, ¿por qué no nuestra actividad? Nuestra función viene calificada de función social por la Constitución.

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Por María Dolores Lozano / Presidenta de AEAFA


En el ejercicio profesional manejamos nuestras competencias y habilidades con una alta dosis de vocación, a la que in­conscientemente recurrimos en los momentos agobiantes. Nuestra profesión es apasionante, bella, importante y clave en el adecuado funcionamiento del Estado de Derecho. Es el medio para llevar a cabo la función constitucional encomendada: la defensa de los dere­chos de la ciudadanía, y de nuestros propios derechos como defenso­res.

En nuestro caso, como Abogacía especializada en Familia, Infancia y Capacidad, esa defensa se aborda desde la posición de la familia, tratando de reconstruir y minimizar los efectos de las rupturas en la medida de lo posible. Lo hacemos empapados de una enorme carga emocional, tanto desde el punto de vista personal, como patrimonial y económico. La Abogacía es una disciplina centrada en la resolución de los conflictos y nuestra responsabilidad como abogados@s es situar a la familia en el mejor escenario posible, con el asesoramiento jurídico más conveniente y la actuación más adecuada a dicho interés.

El estudio de la Abogacía se inicia cuando se termina la carrera y ejercemos esta pro­fesión. Nuestra formación no termina nunca. Se nos requiere y nos autoexigimos un gran esfuerzo de reciclaje continuo. Nuestra profesión es absorbente, exigente, dura y solicita un alto nivel de entrega y sacrificio personales que no es entendible para los “de fuera”. De hecho, la mayoría de las personas, salvo las que conviven con nosotros, ni se imaginan ni sospechan esa abnegación.

Desgaste profesional

El estrés de la vida diaria, las preocupaciones sociales, el funcionamiento inadecuado de la administración de Justicia, la dilación en la tramitación de los asuntos o el estrés laboral crónico son detonantes que nos provocan un alto nivel de desgaste profesional. En la abogacía cuidamos a nuestro cliente con nuestro asesora­miento, pero también atendiendo sus llamadas, mensajes y correos, cargados de una elevadísima exigencia de información continua e inmediata. En la mayoría de las ocasiones le atendemos a costa de renunciar a nuestro autocuidado.

Esa supuesta libertad profesional de la que alardeamos nos esclaviza. No entiende ni atiende a horarios, ni a días inhábiles, ni a festivos, ni a fines de semana, ni siquiera a enfer­medades. Y tampoco atiende a la edad de jubilación, pues muchos de los compañeros que han sobrepasado ese Rubicón lo han hecho más por necesidad que por vocación.

En España, más del 90% de los abogados y abogadas ejercemos la profesión por cuenta propia, en despacho individual o en colaboración con otros compañeros en un plano de igualdad. Resistimos la colonización del modelo empresarial de los grandes despachos y, a pesar de las dificultades, no cambiamos nuestra independencia por otra forma de ejercicio. Puestos a ser esclavos de nuestra libertad, preferimos un despacho-boutique a un gran almacén, aun cuando se comercialicen grandes marcas.

La frustración, la insatisfacción, el desgaste profesional, la apatía, el maltrato institucio­nal, la lucha con nuestros propios clientes y con los contrarios, y el agobio económico nos produce un agotamiento emocional importante. ¿Quién dijo derecho a conciliar vida familiar y laboral en la Abogacía? Es una utopía. La declaración de habilidad de agosto ha impe­dido el descanso al que tenemos derecho (y por favor, que no nos hablen de solidaridad, que nos sobra, y como muestra el turno de oficio, que no deja de ser víctima de un maltrato gubernamental continuado).

Y qué decir del maltrato institucional a las mujeres abogadas. Ni parir se puede si coincide con un señalamiento. Y mucho menos descansar para recu­perarse de un parto mediante la suspensión de plazos y señalamientos. Afrontamos una situación vergonzosa, sin olvidar las denegaciones de suspensión de juicios por motivo de la Covid. ¡Intolerable!

Resulta difícil afrontar nuestro trabajo diario y las cargas económicas que supone el soste­nimiento de nuestros despachos si se suman las dificultades económicas derivadas de la pandemia y el devengo de impuestos a pesar de la merma de ingresos. La Abogacía resiste sin ayudas gubernamentales y con un IVA al 21%. Si la educación, la sanidad y las actividades de carácter social están exentas de IVA, ¿por qué no nuestra actividad? Nuestra labor viene calificada como función social por la Constitución.

Abogadas, todavía más difícil

Y más difícil es, siendo abogada, continuar sujetando con más fuerza y esfuerzo las responsabilidades familiares. La red asistencial para las abogadas independientes es inexistente. Y lo peor de todo es que a nadie parece importarle. Y la situa­ción no es mucho mejor cuando trabajas por cuenta ajena, donde la conciliación ni se plantea.  O renuncias a la familia o al modo de trabajo exigido en la firma -te invitan a salir de forma educada-. Y como muestra, las propuestas de premios y rankings de abogados, hombres casi todos, en las que apenas hay mujeres. Por cierto, se dice que estas entidades dedicadas a pergeñar rankings solo buscan hacer negocio vendiendo reputación, por lo que debería cuidarse mucho a qué premios y directorios se presentan, en especial si se sabe que se otorgan previo pago, lo que puede suponer un desprestigio.

Todo ello sin olvidar las oleadas de los divorcios a 100 euros, las apps y sucedáneos, que no son más que una humillación a nuestra profesión. Al amparo de la libre competencia, nos mantenemos impasibles frente a estos atropellos.

Y, a pesar de todo, buscar la excelencia

Debemos esforzarnos en mantener la excelencia y el aprendizaje continuo, que nuestras actuaciones sean presididas siempre con ética e integridad, dos pilares bási­cos en cualquier persona y que en la Abogacía son imprescindibles para la excelencia del ejercicio profesional. No podemos renunciar a una ética con el cliente, con los compañer@s y con el resto de los operadores jurídicos. No olvidemos que una buena generación de abogados y abogadas se mide por su alto grado de compromiso con los principios deontológicos de la profesión.

Y por ello me encanta la AEAFA. Nos cuidamos, debatimos, compartimos conocimiento y consejos con un alto nivel de formación y aprendizaje, contribuyendo a mejorar nuestro Derecho de Familia, nuestro ámbito de actuación profesional, reivindicando la especializa­ción y la creación de la jurisdicción. Y, a veces, me acuerdo del Sr. Cantinflas, sabio en clave de humor, diciendo verdades como puños. Como muestra, la siguiente perla: “Cinco años estudiando leyes para ver a políticos sin estudios haciendo leyes”.

Cuidemos de nuestra trinchera, la AEAFA, cada uno de nosotros del trocito que en ella tiene, para poder utilizarla siempre de vía de comunicación y solo de parapeto cuando sea es­trictamente necesario.